¿Qué debemos hacer para ser salvos según Jesús?



En nuestra entrega anterior, explicamos las distintas posturas teológicas sobre la doctrina de la salvación (puedes consultar el enlace en el primer comentario). Bien es cierto —y en mi opinión— que, en este debate basado en la Biblia, no existe una interpretación única y absoluta aceptada por todos. Las diferentes denominaciones, al requerir una doctrina que oriente su credo y su fe, han adoptado cada una su propia postura.

Es evidente que, a lo largo de la historia, el ser humano ha tergiversado la Palabra de Dios; por esa razón existen tantas denominaciones y corrientes, aunque en cada una de ellas hay elementos doctrinales con base bíblica. Por ejemplo, en lo que respecta a la postura católica, el bautismo es uno de los pilares fundamentales entre los sacramentos. Todo cristiano reconoce su importancia, pero el bautismo es, ante todo, un acto de conciencia —que implica arrepentimiento y aceptación de Jesús como Salvador— y un acto de obediencia, tal como lo indicó el propio Señor: “El que crea y sea bautizado, será salvo” (Marcos 16:16).

Es decir, un niño que aún no ha desarrollado su capacidad de razonar no tiene de qué arrepentirse, ya que no distingue entre lo bueno y lo malo; su conciencia moral todavía no se ha despertado ni desarrollado. Precisamente aquí es donde aparece la tergiversación de la Palabra de Dios.

Aunque no haya un acuerdo absoluto en todos los detalles, sí debemos ser guiados primeramente por el Espíritu Santo y, además, estudiar con detenimiento las Sagradas Escrituras de una manera integral para acercarnos lo más posible a la verdad bíblica.

Dejando a un lado las diferentes posturas teológicas sobre la doctrina de la salvación, para esta ocasión seremos cristocéntricos haciendo una síntesis para desarrollar el tema:

 

¿Qué debemos hacer para ser salvos según Jesús?

 

1, Arrepentimiento

Mateo 4:17 
Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.

 Al inicio del ministerio de Jesús, su primera predicación fue: «Arrepentíos». Esto era la continuidad del mensaje evangelístico de Juan el Bautista (Mateo 3:2-3). Esta invitación es la base del evangelio. Pero, ¿a qué se referían tanto Juan el Bautista como Jesús cuando hablaban de arrepentimiento?  

Para responder esta pregunta, es necesario ir al origen de sus enseñanzas. Si nos enfocamos en la multitud que acudía a Juan —ya fuera para ser bautizada o simplemente como espectadores—, distinguimos los siguientes grupos:

    El pueblo (Mateo 3:5-6) 
    La clase religiosa (Mateo 3:7-10) 
    Publicanos (Lucas 3:12-13) 
    Soldados (Lucas 3:14)
    Herodes (Lucas 3:19-20)

A todas estas clases de personas se les anunciaba el arrepentimiento. Cada grupo tenía sus propios pecados, según su condición y posición:

El pueblo: Israel había perdido su identidad como nación santa de Jehová por sus transgresiones (Deuteronomio 7:6). 

La clase religiosa: Había tergiversado la Ley y la liturgia, y, a pesar de ello, oprimía al pueblo (Mateo 23). 

Los publicanos: Explotaban a sus propios hermanos israelitas alterando los impuestos romanos para enriquecerse (Mateo 9:10-13; Lucas 19:1-10).

Los soldados: Extorsionaban al pueblo, abusando de su autoridad legítima para saciar su avaricia (Romanos 13:1-7). 

Herodes: Siendo gobernante, usaba su poder y privilegios para cometer actos inmorales, injustos y corruptos (Lucas 13:32).

El inicio de la predicación del evangelio, con Juan el Bautista y continuada por Jesús, hacía un llamado al arrepentimiento que abarcaba los ámbitos social, religioso, laboral y político. Hemos visto que el deseo de Dios es que todas las esferas de la vida humana se rijan por la justicia del Reino de los Cielos —que es la segunda parte del mensaje evangélico—; este punto lo desarrollaremos en una próxima entrega. ¿Cómo se puede lograr esto? Para responder, definamos «arrepentimiento» desde el idioma griego original.

En el griego bíblico, la palabra usada es metanoéo, que significa literalmente cambiar de disposición mental. Pablo lo confirma en Efesios 4:22-24: «En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.».

Nuestras creencias, emociones, carácter y acciones están gobernadas por lo que habita en nuestro interior. Un arrepentimiento auténtico es aquel que nace desde adentro y se refleja en una vida conforme a Jesús.

Para concluir esta primera parte: si queremos ser salvos, debemos arrepentirnos —es decir, cambiar nuestra disposición mental—, y así el Reino de los Cielos se acercará a nosotros. ¿A cuál grupo te sientes más cercano? ¿Cuáles son los pecados que necesitas confesar y dejar atrás?


2,  Creer

Juan 3:16. 18 
Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.

¿Cómo estamos creyendo en Jesús? Es importante aclarar cuál es el tipo de creencia que tenemos. Muchos dicen creer en Dios o en Jesús, pero no han dado el primer paso: el arrepentimiento. Llevan una vida sin propósito, sin ser guiados por el Espíritu de Dios y sin pertenecer al cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. En el círculo cristiano existe una gran preocupación ante el problema creciente de quienes dicen "creer", pero no tienen ningún compromiso con los puntos que acabamos de mencionar. ¿Serán salvos quienes viven con esta confusión?

En la cita bíblica base de este tema, Juan 3:16, 18, Jesús nos invita a "creer", pero ¿a qué se refiere exactamente? Si analizamos el contexto de este pasaje, debemos retroceder a los versículos 14 y 15, donde hace una comparación con la serpiente de bronce que Moisés levantó en el desierto, según el libro de Números capítulo 21, como una prefiguración de su obra en la cruz del Calvario. Es decir, que si verdaderamente crees en el Hijo de Dios:

Crees en el propósito de su muerte
Crees en su obra redentora
Crees que su preciosa sangre, derramada en la cruz del Calvario, limpia de todo pecado
Crees que resucitó al tercer día
Crees que está a la diestra del Padre mediando por sus hijos
Crees que un día vendrá a buscar a su Iglesia
Crees que cundo el venga tu escucharas su voz.
Crees que estas inscrito en el Libro de La Vida

Todo este conjunto de verdades es en lo que Jesús desea que creamos para ser salvos. Prestemos atención al énfasis que hace Jesús: «El que cree en él no es condenado, pero el que no cree ya ha sido condenado». En resumen: si no se cree de la manera correcta, ya ha sido condenado.

Pablo, que tenía muy claro este concepto teológico y espiritual, escribió a los romanos:

Romanos 10:9-10
Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios lo levantó de los muertos, serás salvo.  Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.

Por decirlo de otra manera, en los tiempos en que Pablo hacía esta exhortación, "creer en Jesús" podía costar la vida. Por eso algunos creyentes en Roma querían adoptar un cristianismo oculto, sin mostrarse públicamente. Pablo, inspirado por el Espíritu Santo, aclara esta falsa postura y reafirma la base de la verdadera creencia: confesar, es decir, declarar la fe públicamente, y creer con un cambio total de mentalidad y corazón en la obra del Hijo de Dios.

Esto es precisamente lo que viven nuestros hermanos cristianos en Nigeria. No importa lo que les suceda: ellos han confesado públicamente y han creído en la obra redentora del Hijo de Dios, y por eso están dispuestos a entregar su vida, porque están plenamente convencidos de que su morada eterna —esa gloria que ningún tesoro del mundo puede igualar— ya está ganada, gracias a su fe fiel. Desde este espacio oramos a Dios para que siga dando fuerzas a estos hermanos, para que perseveren hasta el fin. También pedimos misericordia por aquellos que, movidos por un extremismo diabólico, dan rienda suelta a su impiedad.  Pero al mismo tiempo clamamos por la Justicia Divina, porque nuestro Padre es un Dios justo y no tendrá por inocente al culpable.

Hermanos nigerianos, sigan adelante. Llegará el día en que estaremos con nuestro Dios en la gloria, morando eternamente con El y todo dolor cesará, y estaremos llenos de gozo como un solo pueblo junto al Señor. ¡Aleluya!


3. Nueva Criatura

Juan 3:3
3 Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.

Mucho se ha hablado acerca del motivo de la visita de Nicodemo a Jesús. Entre las razones que se señalan, se encuentra la de que sentía temor de los demás fariseos, por lo cual acudió a ver al Maestro durante la noche. No obstante, lo que más me llama la atención es la manera en que Jesús lo recibió. Conforme al relato bíblico, no hubo saludo previo ni presentación alguna: Jesús inició directamente con una enseñanza precisa y profunda.

Nicodemo manifiesta lo siguiente: «Sabemos que vienes de parte de Dios». Esta afirmación es de gran importancia, pues fue lo que dio origen a la respuesta del Señor. Si reordenamos el diálogo en términos sencillos, obtenemos esta conclusión: Quien reconoce que Jesús procede de Dios, es hecho nueva criatura. Esta es la síntesis de todo el pasaje, la cual confirma el apóstol Juan:

San Juan 1:11-13
A lo suyo vino, y los suyos no lo recibieron. Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios. Estos no nacen de linaje humano, ni de deseo de carne, ni de voluntad de hombre, sino de Dios.

En el interior de Nicodemo se libraba una lucha espiritual: Según la enseñanza del Maestro, ¿qué debo hacer para ver el reino de Dios? Y como Jesús conoce las intenciones de todo corazón, le respondió con claridad absoluta: para ver el reino de Dios no basta con el celo religioso, ni con las costumbres o tradiciones; es necesario convertirse en nueva criatura, en hijo de Dios.

Para cerrar este punto, observemos la estrecha relación entre Juan 3:3 y Juan 1:11-13: ambos pasajes exaltan la verdad del nuevo nacimiento espiritual. ¿Deseamos ser salvos? -Nazcamos de nuevo por el Espíritu-.

San Juan 3:6   
6 Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.     

4, Ser como n Niño

Marcos 10:13-16 
13 Y le presentaban niños para que los tocase; y los discípulos reprendían a los que los presentaban. 14 Viéndolo Jesús, se indignó, y les dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios. 15 De cierto os digo, que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. 16 Y tomándolos en los brazos, poniendo las manos sobre ellos, los bendecía.

En la entrega ¿se salvarán los fetos abortados y los niños muertos a corta edad?  reflexioné sobre este tema y te invito a leer el artículo completo en nuestro blog.

Para esta ocasión, contextualizaremos este punto con el tema en cuestión. Jesús dijo que para ser salvo hay que ser como un niño: ¿qué significa realmente ser como un niño? El apóstol Pedro nos responde en 1 Pedro 2:2-3: «Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación, si es que habéis gustado la benignidad del Señor».

El apóstol se refiere al deseo sincero de alimento espiritual —pero ¿cómo debemos desearlo? Exactamente como un recién nacido. Si nos arrepentimos, hemos creído y somos una nueva criatura, somos como esos recién nacidos que anhelan la leche espiritual. Esa debe ser nuestra prioridad como hijos de Dios.

Un niño no puede valerse por sí mismo: necesita de su madre para ser alimentado, y ella es quien lo cuida y lo nutre. De la misma manera, nosotros debemos desear que nuestro Padre celestial nos alimente y nos guíe, hasta alcanzar la madurez espiritual y heredar las riquezas de su Reino.

En síntesis, ser como un niño es, desear el alimento espiritual y reconocer que, para nuestra salvación, no depende de nosotros mismos.  Somos dependiente del Padre. 

 

CONCLUSION

Como indicamos al inicio, dejando a un lado las diferentes posturas sobre las doctrinas de la salvación: ¿queremos ser salvos? Simplemente seamos obedientes a estos cuatro puntos señalados por Jesús; y cuando él venga a buscar su Iglesia, seremos arrebatados para morar en la eternidad con nuestro Padre celestial. ¡Aleluya!

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